Los personajes de Elephant (Alan Clarke, 1989) cuyo origen e identidad desconocemos, cometen asesinatos mecánicamente, como lo haría un robot que recibe órdenes desde una mente maligna y poderosa.
Presenciamos 18 asesinatos en un tiempo de 39 minutos, aunque suena como premisa de una película de horror de serie B, el estilo narrativo nos provoca una sensación parecida a la que nos dejan Funny Games (Michael Haneke, 1997) o Irreversible (Gaspar Noe, 2002).
No hay trama, ni diálogos. Todo está filmado con una frialdad muy lejos de la violencia comestible de Hollywood. Cada secuencia sigue el mismo orden; se establece el lugar: una bodega, la entrada de una casa, una tienda de conveniencia, un campo de fútbol; luego conocemos al asesino, el único rasgo en común es la prisa con la que caminan; los espectadores seguimos por detrás, como cómplices, hasta presenciar el asesinato. Después de la huida, nos quedamos a contemplar en silencio el cuerpo sin vida.
Aunque no hay justificación para los crímenes, el experimento realizado en este cortometraje sirvió como denuncia a la ola de violencia generada durante un periodo conocido en Irlanda del Norte como "The Troubles". El título Elephant viene de la expresión “el elefante en la habitación” un problema demasiado grande que una comunidad ha decidido ignorar. Más de veinte años después Gus Van Sant no sólo tomaría prestado el nombre con un fin muy similar, sino que también haría referencia directa al estilo visual del cortometraje.
Esta no es una película para sentirse bien, el espectador puede decidir cuando ha sido suficiente y no se debe obligar a nadie verla. Pero para aquellos que buscan de rarezas y misceláneas, este corto resulta una opción interesante, que además ayuda a reflexionar sobre otros elefantes con los que convivimos diariamente.
Aquí pueden ver completo este cortometraje.